Transcendencia y espiritualidad

Transcendencia y espiritualidad

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La palabra transcendencia o trascendencia se puede entender como importancia o relevancia de cualquier cosa. También significa ir más allá, superar lo inmediato, lo material o lo cotidiano. Por último, este concepto se ha utilizado para referirse a lo divino o aquello que no es de este mundo.

La palabra espiritualidad deriva de espíritu, refiriéndose a los aspectos inmateriales de la persona, que junto a lo material componen su ser. Se puede entender como la suma de los elementos morales, psicológicos y culturales. Ídem se ha utilizado como sinónimo de alma, igual que para identificar esta realidad ontológica como un ente independiente del cuerpo y, por consiguiente, con cualidades sobrenaturales.

Por desgracia lo común hoy día es el rechazo de todo componente espiritual. Ya el materialismo, el racionalismo y el progresismo modernos empezaron este aciago camino. Mas fueron continuados por las diferentes corrientes burguesas, cientifistas, positivistas, izquierdistas, fisiologistas y tecnófilas hasta la fecha. Consecuentemente lo predominante en la actualidad son la superficialidad, la frivolidad, el vacío ético, el derrumbe del individuo, así como una pérdida casi completa de ideales y metas inmateriales.            

Esto se traduce en seres desustanciados, míseros y miedosos, carentes de valía-calidad. Los ideales como la libertad, la verdad, el amor, el apoyo mutuo, el sacrificio, la belleza, el heroísmo o la justicia son preteridos. Pese a que todos ellos tienen una traslación en el mundo material, primero existen como ideas e ideales. Más aún, es el esfuerzo de cada persona por perseguirlos y defenderlos lo que los constituye, y, por ende, le lleva a materializarlos y convertirlos en actos.

Ergo el olvido o rechazo del cultivo de las propias dimensiones trascendentes del sujeto provoca que sólo existan personas preocupas por sí mismas. Seres débiles, ininteligentes, inútiles, manipulables,… que están únicamente interesados en lo material; esto es en el dinero, la comodidad, la felicidad, los placeres, el bienestar,… Y cuando pretenden salir de esta situación les es imposible, o sus logros son parcos, dadas sus propias carencias y la tremenda oposición del entorno.

Puede haber infinitas formas de espiritualidad y maneras de entenderla, unas mejores y otras peores. Lo que aquí se trata y propone es una espiritualidad natural, abierta a diversas expresiones e interpretaciones, no obstante autoconstruida. De este modo, ésta puede, si así se elige, coexistir y desarrollarse a la par con dimensiones religiosas o de otro tipo, como explica el filósofo libertario Heleno Saña.

Si bien es necesario precaver de las corrientes dualistas, como el platonismo o el maniqueísmo, que pretenden separar el cuerpo del alma. Normalmente estas buscan elevar lo espiritual para degradar lo físico, despreciando lo carnal. Sin embargo el cuerpo y sus funciones son algo grandioso, a cuidar, querer y mejorar. El fin de estos dualismos es apoyar y/o establecer unas élites pensantes y mandantes por encima de los trabajadores manuales, quienes son rebajados a meros esclavos. Pero esto ha sido contestado por diversas corrientes, verbigracia el cristianismo original.

En el presente la psicología se ha desarrollado como ciencia moderna que estudia el “alma” humana, puesto que psique- se traduce del griego como alma o actividad espiritual del ser. No obstante son obvias las deficiencias de la psicología, como del resto de ciencias. El enfoque cartesiano de dividir las ciencias para centrarse en la parte y olvidar el todo es incorrecto. Igual que la aproximación newtoniana a la realidad, que pretende estudiar los fenómenos naturales aislando-simplificándolos, con el fin de centrarse sólo en determinadas variables a la vez que “desecha” el resto.

Lo cierto es que la psicología, junto con las demás ciencias, métodos y técnicas modernas, ha realizado dos funciones esenciales: por un lado contribuir en la destrucción del sujeto, participando en el aniquilamiento de los elementos éticos, intelectuales, volitivos, emocionales, relacionales, históricos y culturales que estructuraban al individuo popular premoderno; por otro, ha aportado procedimientos, ideas y mecanismos alternativos que permitieran, dentro de lo posible, la adaptación de este sujeto tarado y patológico a la nueva sociedad, a un sistema indudablemente antihumano.

A pesar de ser economistas, C. Laval y P. Dardot con gran lucidez identifican esta devastación de la persona, la cual atribuyen principalmente al desarrollo del capitalismo. Comentan en La nueva razón del mundo que la liquidación de las dimensiones culturales, sexuales, morales,… del pasado ha permitido al sistema vigente crear una sociedad donde hasta “la identidad se ha convertido en un producto consumible”.

Empero el Estado es realmente el mayor responsable de la nulificación del sujeto, del mismo modo que creó y mantiene el capitalismo. Como centro de poder militar, político, económico, tecnológico,… persigue la maximización de su autoridad y dominio, tanto en el exterior (conflictos, guerras y alianzas) como en el interior (destruir toda oposición y manipular para ganar afecciones). 

Así pues, las élites aspiran a eliminar toda hostilidad o resistencia posible mediante la trituración de nuestro ser para poder controlarnos a la perfección. Nos crean en serie según patrones que ellos mismos establecen para convertirnos en esclavos programados. Por ejemplo, promueven la idea de felicidad, de búsqueda placeres y abundancia material, por lo que crean personas egocéntricas, sin ideales y que reniegan de toda aspiración transcendente.

En cambio, no debe haber lugar para el victimismo. La mayoría somos corresponsables de esta situación, pues participamos en el sistema y no nos enfrentamos a la aniquilación de lo humano en marcha. Somos culpables por omisión y cómplices en nuestra propia devastación.

Asimismo se perpetúa la destrucción del entorno natural, en parte debido a que necesitamos más cosas para llenar nuestro vacío interior. La espiritualidad conlleva la frugalidad y el apreciar las dimensiones inmateriales, en consecuencia un consumo mínimo, y por ende un medio ambiente vital y esplendoroso.

De forma natural nacemos con multitud de cualidades físicas e inmateriales, como seres complejos e integrales. El olvido o denigración de cualquiera de ellas provoca castraciones con resultados fatales. La prueba son las innumerables patologías (depresión, delincuencia, adicciones,..) que asolan nuestras sociedades.

Ergo si lo que se persigue es la lucha por la libertad, la verdad, el amor mutuo,… y luchar contra nuestra propia destrucción, solamente pueden efectuarse si el individuo tiene las suficientes capacidades autoconstruidas para hacerlo. Capacidades o virtudes como la voluntad, la fortaleza, la sensibilidad, la inteligencia, la templanza, la creatividad, la paciencia, el sacrificio,… Todas imprescindibles para aquel que quiera transformar la realidad social.

Es más, si no se quiere vivir en un régimen totalitario, basado en la jerarquía autoritaria, el control-vigilancia y la manipulación mental, son indispensables el esfuerzo y la voluntad de cada uno para autoconstruirse y poder ser por uno mismo, sin delegación ni ayudas, aunque junto a nuestros iguales.

Esta autoconstrucción sólo puede llevarse a cabo si se toma conciencia de la importancia de estas capacidades espirituales, y si se establece el compromiso y la determinación para su desarrollo.

Todavía más, esa transformación espiritual individual, idealmente, deberá ir acompañada de otras personas que también se autoconstruyan. De este modo se lograrán mayores resultados y a la vez se convertirá en transformación social.

En suma, la palabra transcendencia nos invita a salir de lo ordinario, de lo pequeño, para preocuparnos de lo importante. Anhela la grandeza de lo humano, la búsqueda de los bienes espirituales y el esfuerzo por desarrollar la virtud personal. Una revolución individual y colectiva a través de una interminable lucha por el bien finito.

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Autoconstrucción del yo

Autoconstrucción del yo

Este es el título de la imprescindible charla que realizó Félix Rodrigo Mora en Mallorca en 2015. Puede servir de gran ayuda a todo aquel que pretenda mejorar como persona, es más, a todo aquel que quiera ser por sí mismo. Los siguientes dos textos que cita pueden valer como prólogo a ésta: Infierno convivencialMovilización, autoorganización popular y ética de la responsabilidad.

Se aconseja ver la charla varias veces, reflexionando sobre lo expresado. Esta sólo dura desde el minuto 8 hasta el minuto 60, siendo el resto del vídeo trivial.

Propuestas para la mejora de la persona y su resultante, la convivencia

Propuestas para la mejora

de la persona y su resultante,

la convivencia

De valor incalculable son las reflexiones de Sócrates que recoge el amigo Jesús Franco Sánchez. Son un reflejo de cómo con un número ínfimo de palabras es posible decir muchísimo y de tan gran importancia.

Éstas nos ayudaran a: buscar la verdad para saber qué es lo correcto y actuar en consecuencia, mediante el esfuerzo por la virtud.

Sujeto y Victimismo

Sujeto y Victimismo

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Ya resulta normal y cotidiana la despreocupación por la persona, por su calidad y por la transcendencia de su mejora. En el presente todos se olvidan del sujeto: los nacionalismos, los internacionalismos, los feminismos, los animalismos, los populismos y todos los –ismos que nos atormentan a diario.

Nos encontramos en una época de desaparición del sujeto, un páramo donde únicamente pululan seres nada de aquí para allá. No se comprende, ni se quiere comprender, la extensión y profundidad de la destrucción de lo humano. Tampoco se entiende la verdadera aniquilación de la persona, ni hasta qué extremos se ha llegado.

Con estas circunstancias es lógico que la autoconstrucción del sujeto brille por su ausencia en casi todos los proyectos de transformación social. Rebosantes de palabras y deseos bonitos, no obstante vacíos. Es más, me pregunto quién llevará a cabo tales “revoluciones” si no existen personas esforzadas, inteligentes, comprometidas, mínimamente capaces ni aquellas que posean lazos de amor o vínculos trascendentes.

Empero, no faltan los discursos que atacan a los clásicos occidentales, al cristianismo o a el pueblo-pueblos ibéricos que existieron hasta el siglo pasado. Todo lo que contenga contenidos y prácticas que aporten ejemplos positivos para potenciar la virtud personal es maldecido, vilipendiado, desterrado e ignorado.

Además, al mismo tiempo escupimos y renegamos de nuestro pasado. Porque, como dicen nuestros amos, nuestros antepasados eran unos ignorantes, inútiles, crédulos, dóciles y patanes.

Este desprecio hacia el propio pasado y hacia nuestra propia substancia existencial multiplica la autodestrucción. Por ello no nos apreciamos y nos abandonamos al devenir de los acontecimientos, pues ni hemos valido ni valemos para nada. Más aún, en realidad no existimos como espíritu. Sólo somos meros objetos, pasivos, víctimas.

Por doquier contemplamos los discursos y la mentalidad victimista. Víctimas del racismo, colonialismo, capitalismo, patriarcado, españolismo, imperialismo, conspiraciones, nacionalismo, Estado, occidente,…

El discurso que domina a las masas de seres nada es el del victimismo y el paternalismo. Es decir, la mentalidad del esclavo: siempre receptor de desgracias y nunca responsable de nada.

No queremos responsabilidades, esfuerzo, sacrificio, combate ni compromiso con grandes metas, sino ser buenistas, pacifistas y paternalistas con las minorías, inmigrantes, niños, nosotros mismos,…

Sin embargo, no pretendo fomentar el superhombre de Nietzsche, como hacen algunos “revolucionarios”. Por el contrario, lo necesario es autoconstruirnos como sujetos con valores, desinteresados, reflexivos y convivenciales.

Requiere grandes energías y valor el mirarse al espejo para analizarse a uno mismo. Para enfrentarse a nuestros miedos y complejos. Para superarlos. Para aceptar el camino difícil.

Para rechazar el victimismo y elegir autoconstruirse.

VACACIONES

VACACIONES

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Estamos en la época de las vacaciones. Y la gente dice: hay que disfrutarlas. Que nuestro tiempo libre, cada vez menor por desgracia, hay que dedicarlo a descansar, al ocio y al goce. Ergo las dos opciones que tenemos son: padecer un trabajo deshumanizador o disfrutar de un tiempo libre igual de deshumanizador.

Se olvida toda actividad transcendente, incluso las relacionadas con las necesidades vitales básicas. Cualquier función del espíritu que requiera esfuerzo y nos obligue a plantearnos nuestra existencia o la realidad en la que vivimos, queda descartada. Ya ni siquiera pasamos tiempo con los amigos o la familia, nos vamos a la Conchinchina a “conocer” otras culturas. De modo que nuestra vida superficial y banal continúa desde lo laboral hasta lo cotidiano e íntimo. Repudiamos descubrir quiénes somos, qué debemos hacer con nuestras vidas y qué podemos aportar a la sociedad.

La voraz ansia de visitar lugares lejanos es proporcional al terror por observar la realidad, por conocerse a uno mismo. La obsesión del sujeto patológico actual es mantenerse ocupado con estímulos de todo tipo, desde la tecnología o la industria del espectáculo hasta los viajes. Por lo que cuanto más acelerado sea su devenir lúdico mayores serán sus problemas. Realmente huye de sí mismo, de sus miedos y contradicciones, de sus problemas existenciales, emocionales, relacionales, sexuales,… Huye porque no quiere enfrentar la triste realidad: somos sujetos deshumanizados, construidos por un sistema destructivo, egoístas y carentes de espíritu, cobardes esclavos que agachan la cabeza y se contentan con visitar Roma en verano.

No obstante, sus esperanzas de encontrar un alivio a su pesadilla son ilusorias. Estas pausas vacacionales sólo son un ínfimo paréntesis que les permite seguir siendo destruidos por un trabajo triturador, por un sistema estatal-capitalista anti-humano. Nada tienen de positivo.

Lo curioso es que a pesar de llevar una penosa existencia, la idea de felicidad guía sus vidas. Multitudes sueñan con la felicidad mientras padecen terribles condiciones, anhelan lo que no tienen, ni pueden tener. La felicidad o la tristeza son parte de la vida, estados emocionales pasajeros. Empero existen metas y valores más importantes por los que debemos luchar. 1 Abandonar ideas e ideales como la libertad, la verdad, el amor, la belleza, el sacrificio,… conduce a una existencia nulificada. En la práctica estas personas se contentan con sobrevivir, pasar de puntillas y de rodillas por el mundo, disfrutar lo poco que les permitan. Al fin y al cabo son seres o sujetos nada porque nada hacen ni piensan por sí mismos. Si no se tiene la voluntad de vivir conforme uno piensa, se acaba viviendo según la voluntad de otros.

Cuando se esquiva la realidad y uno se conforma con vivir sin grandeza, sin metas ni sentido ontológico, uno renuncia a la vida. Una persona que es por sí misma piensa, establece compromisos y actúa según su voluntad. Quien no lo hace, no es. Y una persona que ama el bien, lucha y se esfuerza por valores y metas que considera positivas, por tanto hace el bien. Quien no lo hace no es una buena persona. Finalmente, una persona que busca la verdad y se esfuerza por diferenciar lo positivo y lo negativo, aceptando su ignorancia y la complejidad de lo real, podrá actuar correctamente en muchas ocasiones. Quien no lo hace se equivocará perpetuamente.

1 AQUÍ se puede encontrar una detallada crítica a la noción de felicidad de Félix Rodrigo Mora.