¿Nación y revolución?

¿Nación y revolución?

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Como expliqué anteriormente, a día de hoy el concepto de nación contiene rasgos negativos. No obstante, quizá esta palabra se pudiera purgar de las connotaciones nocivas y dotar de un significado revolucionario positivo. En parte esto lo realiza con éxito Laia Vidal en un reciente escrito.

Mas con el fin de realizar una pequeña aproximación a esta cuestión político-cultural, considero imprescindible plantear como sería una sociedad futura en la que la libertad, la verdad, la convivencia, la naturaleza, el esfuerzo, la sublimidad,… se convirtieran en sus fundamentos.

Como es obvio, la democracia sólo existe cuando la persona es responsable de sus principales dimensiones y necesidades vitales, participando y decidiendo a través de asambleas locales omnisoberanas. Esta esfera asamblearia vecinal ha de ser la que legisle, juzgue y ejecute, igual que se encargue de su autodefensa. Se puede afirmar que esta “aldea” asamblearia-comunal es el fundamento de la libertad, donde el individuo se auto-gobierna junto a sus iguales.

En sociedades complejas con esto no basta, luego estas asambleas se constituyen en regiones o comarcas libremente, por razones geográficas, culturales, históricas,… Por supuesto, todos los acuerdos son libres y heterogéneos, aunque en ocasiones determinadas hay que tomar decisiones por mayoría. Este nivel político es menos decisivo que el anterior, aunque también muy importante, ya que el individuo se constituirá y vivirá principalmente dentro de este entorno. A veces estas comarcas se podrán unificar política, económica, militar y/o culturalmente, lo cual conllevará aspectos positivos y negativos.

El siguiente nivel es el que nos interesa especialmente en este texto, puesto que las comarcas se unirían entre sí cuando fuera necesario para concretar pactos. Estas juntas de asambleas comarcales ocuparían el espacio de las actuales provincias, comunidades, principados, estados, países… Estas juntas supra-comarcales pueden coincidir con etnias, culturas, razas, territorios, pueblos, naciones,… o  puede que no lo hagan; puede que, verbigracia, sean sólo una parte de una etnia o puede que sean una mezcla de muchas.

Estas juntas se podrían llamar nacionales, o naciones directamente. A mi parecer si este ente político se definiera como nación habría que lidiar con un peligro fundamental: que la nación se convirtiera en elemento cultural y fuente de legislación, por tanto de soberanía, principal. No sólo asistiríamos a una homogeneización y empobrecimiento cultural temerarios, sino que abriría las puertas a la aparición de unas nuevas élites políticas.

Si lo determinante es el sujeto y la comunidad local auto-gestionada, éstos, mas luego la comarca, deben tener la capacidad de actuar y establecer la legislación (escrita o no) que ellos consideren. Así podrán actuar libremente y llegar a acuerdos con quien prefieran, dentro o no de su comarca, o juntas-nación. En suma, lo supra-comarcal o nacional debería situarse en cuarto lugar en cuanto a relevancia política.

Lo central siempre es el sujeto, que con esfuerzo se autoconstruye y es capaz de ser por sí. Antes que castellano, gallego, andaluz,… el sujeto es él mismo, un ser con grandes capacidades, aunque también con limitaciones, pero infinitamente perfeccionable. Dentro de este paradigma democrático, la ética predominaría ampliamente sobre el derecho, así pues el individuo es el actor político-social cardinal, por encima de cualquier otro.

Es más, tampoco sería este nivel supra-comarcal el último. El localismo y una pobre visión estratégica pueden mandar al traste el mejor de los proyectos. En cambio, una perspectiva integral y universalista será lo que determine su éxito. Por ejemplo, en la Península Ibérica deberán gestarse pactos entre las diferentes juntas resultantes que solidificaran la cosmovisión que se persigue, lo mismo que a nivel de Europa. Y, asimismo, con el resto de pueblos del mundo que compartan los valores positivos de la cultura universal. Esto define, al menos, siete niveles políticos diferenciados, los cuales todo proyecto revolucionario tiene que plantearse.

¿La revolución que viene?

Es sabido que lo necesario es generar una cosmovisión, unos valores y, sobre todo, unas prácticas que nos permitan desarrollar una verdadera revolución, recogiendo lo positivo del pasado. Por tanto, aunque en ocasiones haya que defender dimensiones culturales o políticas de significación histórica, la gran tarea que hemos de marcarnos es proyectar y crear el futuro. Esto es autoconstruirnos y construir la nueva sociedad que anhelamos, adaptando lo bueno del pasado al ahora, no copiando, e ingeniar nuevas soluciones para el futuro.

Por desgracia los proyectos de transformación actuales, reales e imaginados, se basan demasiado en los paradigmas del presente. Plantean alternativas que sean compatibles, o al menos fácilmente realizables, con y dentro de las realidades sociales existentes. Esta inmediatez y pobreza reflexiva se deben al posibilismo y pragmatismo comunes hoy día. Opuestamente, la revolución se ha de nutrir de la creatividad, el heroísmo, la grandeza, la fortaleza, la épica y la inteligencia estratégica.

En realidad ninguna transformación cualitativa del ser humano concreto, su cosmovisión o sus formas de vida podrá realizarse mayoritariamente a corto plazo. Y esto es así porque para ello será necesaria por un lado la desaparición, o al menos el debilitamiento a gran escala, del poder-poderes y de los valores negativos que dominan el mundo, y por otro la existencia fáctica de un proyecto revolucionario capaz de gestar un nuevo ser humano y una nueva sociedad. Sin duda esto no ocurrirá, si es que ocurre, hasta como poco dentro de dos o tres siglos.

Sabiendo esto, lo urgente es construir ese proyecto, cada cual desde su origen y cultura, a fin de estar listos cuando se den las circunstancias. En los próximos años debemos poner los primeros ladrillos de un edificio que esperemos se construya en el futuro, pues sin éstos no habrá futuro para lo humano.

En la revolución de la Alta Edad Media se generaron realidades culturales radicalmente nuevas como Cataluña, Castilla, Navarra, Aragón,… que se formaron a partir de la revolución ocurrida en la antigua Vasconia, siglos V-VIII. En primera instancia se conformó un proyecto de transformación social, Vascón-Bagauda-Cristiano, que fue la génesis de las creaciones posteriores. Por lo que en esta ocasión vemos que el proyecto se fragua durante tres siglos para después dar lugar a los diversos pueblos del norte. No obstante, Euskal Herria conservó la lengua propia y algunas costumbres, tradiciones,… aunque éstas se modificaron mediante una reinterpretación de lo pretérito. En conclusión, en ocasiones es posible revolucionar las sociedades manteniendo determinados aspectos culturales y en otras se requiere una mayor creatividad.

Las culturas de los diferentes pueblos de la Península Ibérica son lo suficientemente ricas y contienen sin duda numerosos elementos positivos aprovechables para integrarse en una futura revolución; véase el comunal y el mundo que lo rodeaba. En consecuencia, la recuperación y reinterpretación de éstas son una gran meta. Sin embargo, estos pueblos prácticamente las han olvidado y el Estado-Capital casi las ha exterminado por completo. Sólo el amor por ellas y el esfuerzo de cada pueblo por actualizarlas será lo que las salve de su extinción. Para ello han de recuperar todo lo positivo creativamente, además de aportar nuevas ideas-ideales y prácticas que superen las carencias del pasado y respondan a las exigencias del presente-futuro.

Así pues, es hacedera, por así decirlo, una revolución integral catalana, canaria, murciana,… pero lo fundamental es la revolución en sí. Ahora, si bien grandiosa, la revolución integral es poco más que una idea, una abstracción. Ergo los mayores esfuerzos deben ir dirigidos a materializar y construir con hechos la revolución, tanto en su desarrollo propositivo y cosmovisión, como, sobre todo, en la práctica. Por tanto, apoyaré y serán positivas todas las formas de entender una revolución integral que se enraícen en lo bueno de su sustrato cultural. Empero lo urgente es hacer realidad la revolución y al sujeto revolucionario, empezando por crear comunidades fraternales revolucionarias. Esta es mi meta personal, la cual deseo perseguir de manera colectiva, mas de no poder ser así, lo seguiré haciendo de forma individual.

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